MICROCUENTO
EL ESTALLIDO
Por: Ricardo Osnaya
Ese día iba molesto. No recuerdo por qué, pero conducía a gran velocidad por una de las avenidas principales de la ciudad. El metro pasaba junto a mí, como si me acompañara en el viaje, y la gente me miraba como si adivinaran mi malhumor. De pronto, escuché un estruendo proveniente de la llanta delantera izquierda. Me asusté; mis pensamientos negativos se disiparon al instante ante la duda: ¿qué habría sido ese ruido?
Comprobé que la llanta no se había ponchado, lo que me hizo olvidar mi enfado inicial, pero ahora me invadía la preocupación. No podía frenar de golpe; había demasiado tráfico y todos avanzábamos a un ritmo frenético.
Al llegar a mi destino, cumplí rápidamente con mis compromisos y regresé corriendo al coche. Necesitaba saber qué había pasado. Al revisar el neumático, descubrí una mancha roja y fragmentos de tela adheridos a la goma. Los recolecté con cuidado en una bolsa y emprendí el regreso a casa.
Me habría gustado pensar que, al llegar, me esperaba un merecido descanso, pero aquel ruido me seguía inquietando. Ya en mi habitación, vacié el contenido de la bolsa. Al armar el rompecabezas de restos, me di cuenta de que eran un sombrerito, unas botitas y una chamarra diminuta con sus botoncitos, como la ropa de un muñeco.
En ese momento, la memoria me devolvió lo que mis ojos habían captado por el retrovisor tras el impacto: una pequeña silueta, del tamaño de un gato. Fue un instante fugaz; mi vista debía mantenerse en la carretera y, cuando volví a mirar, ya no había nada. Quizás por eso mi mente lo bloqueó, restándole la importancia que merecía.
Regresé al auto y revisé minuciosamente la llanta una vez más. Entre los fragmentos, encontré restos de algo que parecía carne molida. ¿Sería posible? En mi mente comenzó a rondar una idea aterradora: la posibilidad de que hubiera atropellado a un duende.

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