Dicen que la soledad no existe en el vacío… pero estoy seguro que él la vivía.
Creció en un planeta, donde la luz ya no calienta, donde los planetas olvidados giran como culpas que nadie quiso confesar.
Siempre se sentaba en el mismo lugar, encorvado, delgado hasta lo imposible, con ojos que parecían haber visto el principio… y haberse arrepentido.
No hablaba. No hacía falta.
Su mirada era un eco. Un recuerdo de todo lo que su raza había dejado atrás: promesas rotas, nombres que ya no pronunciaban, abrazos que nunca dieron.
Lo conocí , sin saber si lo hacía consciente o en sueños, con el cuerpo o con el alma.
Entonces lo entendí.
No era de esos seres que pensamos… era lo que queda cuando alguien se queda esperando demasiado tiempo.
Sus dedos largos tocaron el vacío, como si buscaran una mano. Y ese gesto torpe, llego hasta mi, sentí un frío insoportable, ese que quema los huesos.
—Aquí llegan todos —dijo, dentro de mi cabeza—. Los que amaron tarde… o nunca.
Quise volver, forzarme a abrir los ojos y regresar a mi realidad, Juro que lo intenté.
Pero el sol ya estaba demasiado lejos.
Y ahora… mientras mis huesos siguen quemándose y mi voz se apaga, comienzo a reconocer ese silencio.
Ese lugar.
Ese destino.
Estoy aprendiendo a esperar.

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