La criatura no cayó del cielo… descendió como un pensamiento prohibido. La vi primero en sueños: un cuerpo desollado, articulaciones imposibles, garras que no tocaban la piedra. 

Cada noche, en alguna parte se mis sueños se presentaba, aunque al principio no la notaba, poco a poco se acercaba más, arrastrando ese aliento húmedo que olía a tierra abierta… a tumba reciente.

Un día  desperté con marcas en el pecho, supe que el límite se había roto.

Cierta vez nos invitaron a una excursion a una enorme, montaña, subí hasta donde estaba el risco. No sé por qué. Algo me llamaba. Y entonces lo vi: agazapado sobre la roca, mirándome con una sonrisa que no pertenecía a este mundo. Sus ojos… vacíos, pero conscientes.

—Por fin llegaste —susurró sin mover la boca.

Quise huir, pero mis piernas no respondieron. obedecían a otro dueño.

Entonces entendí: no había venido por mí… sino desde mí.

Sentí mis huesos crujir, mi piel tensarse, desgarrarse. Mis manos se alargaron, mis dedos se abrieron en garras.

Y mientras mi rostro se rompía en una mueca ajena, comprendí con horror…

que nunca fui el testigo.

Siempre fui la puerta.